sábado, 11 de febrero de 2012

Pamukkale: un lugar para caminar entre algodones

 

¿A qué huelen las nubes?, que decían en un psicotrópico y ñoño, casi dadaísta, anuncio de compresas de la tele. Me hubiese gustado ser capaz de salir volando como Peter Pan para comprobarlo. Sin embargo, tampoco es imprescindible volar para caminar sobre las nubes. Existe un lugar en la superficie de la tierra en la que podréis pisar nubes. Bueno, estoy mintiendo. No son exactamente nubes sino un esponjoso algodón que se parece mucho a una nube. Un terreno conformado de lo que parece espuma petrificada. 

Se llama Pamukkale, también conocido como el castillo de algodón, y está ubicado en la provincia de Denizli, Turquía, en un valle formado por el río Menderes. Aunque parece un paisaje celestial, en realidad se trata de una fabulosa formación calcárea de 200 metros de altura y 2,5 kilómetros de longitud. La materia prima de esta suerte de porexpán natural está flotando en el agua que mana de las fuentes termales del lugar, rica en creta, calcios y bicarbonatos (de cada 250 litros, se sedimentan 500 gramos de mineral de creta que van incrementando el tamaño, día a día, de este escenario que parece haber sido teletransportado desde el Polo Norte). 

 

En el año 180 a C., se construyó en lo más alto de Pamukkale la ciudad helenística de Hierápolis para dar acogida a todos los peregrinos que llegaban atraídos por las leyendas terapéuticas de las aguas termales. La construcción fue destruida por un terremoto en 1354, pero aún hoy quedan restos que se pueden visitar, como el Teatro, los baños romanos, el templo de Apolo, las puertas de la ciudad o las tres grandes necrópolis que rodean la ciudad y que están circundadas de algodón blanco. Pamukkale, pues, es un lugar estéticamente extraordinario, pero tampoco es único. 

 

Hay otras formaciones parecidas, aunque no tan majestuosas, como las fuentes termales de Mammoth, en el parque de Yellowstone, Estados Unidos, o la fuente termal de Huanglong, en la provincia de Sicuani, China. Lugares que dan frío con solo mirarlos, pero en los que no precisaréis de abrigo para deambular por ellos.

Fuente: Xataka Ciencia

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